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Leyendas

La leyenda forma parte la tradición oral, por ser una relación de sucesos que tiene un origen verídico y que se transmite de forma oral en una comunidad. Posteriormente ese hecho aparece transformado y vinculado con un suceso sobrenatural, que lo torna fantástico e increíble. Conoce las leyendas de Santa Anita.

 Los Túneles del Santuario

La Guerra Cristera (1926-1929) entre laicos que defendían con las armas su fe y su religión, enfrentados con los soldados del gobierno federal y estatal, que trajo sin duda una estela de muerte y desolación principalmente en el occidente del país. Los sacerdotes fueron perseguidos por lo soldados con encarnizada violencia, algunos huían y permanecían ocultos en casas de amistades que profesaban la fe católica. Al igual que en otras poblaciones en similares circunstancias, los sacerdotes franciscanos en Santa Anita ordenaron en el mayor secreto la apertura de túneles que se desplazaban del interior del convento, y de la iglesia hacia las salidas principales que tenía la población. Era una medida precautoria para ser utilizada en caso de emergencia, cuando fuesen sorprendidos por los soldados en el interior del templo, o del convento. El túnel del que más se habla, corresponde al que parte del interior del templo y da salida por un boquete, al muro del pozo de una casa que está un poco al frente del Asilo de Ancianas, por la calle Colón, que antes era el Camino que daba salida hacia Guadalajara.
Se dice que durante la Cristiada, algunos religiosos permanecían ocultos por días y noches en el interior del túnel, custodiando los enseres, copones y objetos benditos, para así evitar su profanación por los soldados anticlericales. Se cree que alguno pudo haber muerto en el interior del túnel puesto que a finales del siglo pasado hubo quienes aseguraban haber visto a un religioso franciscano encapuchado, aparecer de pronto ante un mortal, pidiendo que sacase los tesoros religiosos ocultos en el interior del túnel. En el año de 2004 Felícitas Arias aseguró que hacía muchos años, la maestra Carmela Rodríguez le había confiado que lo tocó vivir este suceso y que el temor le había impedido ingresar al túnel para sacar los tesoros que el fraile fantasmal le ofrecía. En el asilo de ancianos de Santa Anita se apareció un fantasma con sotana. Bien podría pensarse que fuera el alma en pena de algún sacerdote.

No una, varias veces una maestra fue invitada por el fantasma para que a las doce de la noche lo acompañara a introducirse al túnel que hay entre el asilo y la parroquia de Santa Anita. Muy sutilmente la visión le decía a la señorita Rodríguez que fueran los dos a rescatar artículos religiosos de gran valor ocultos dentro del túnel.

Confundida ante los hechos, Carmela puso en antecedentes al padre Fray Francisco Sánchez. El fraile le dijo: “Dile al ánima en pena que yo te acompañaré al túnel”. Así se lo dijo ella al aparecido el día que le tocó la nueva visita, pero éste dijo que no. Quería que Carmela entrara al túnel a las doce de la noche sola con él. Que si quería ser acompañada al túnel, llevara una hostia consagrada, era la única compañía que admitía el ánima en pena.

Antes las extrañas peticiones del fantasma con sotana, Carmela imploró de la virgen la ayuda y con denuedo afrontó la situación: ante el regreso del muerto le dijo que de ninguna manera entraría al túnel. Y no entró. Tal vez la huesuda, revestida de sotana, pretendía conducir a Carmelita por el túnel de la muerte. Desconsolado el muerto por la determinación tomada por ella, no volvió.

 

 La Niña que se llevo el Diablo

María de la Cruz Bolaños Moya, fallecida el 14 de julio de 2006, platicó en el año de 2003 una historia de la que fue protagonista y que por décadas fue considerada verídica. Transmitida oralmente de madres a hijas por una generación de por medio, convirtiéndose esta mujer en una leyenda viviente, puesto que según se creía, había vivido para contar le que le habla sucedido.
Cruz era una niña muy inquieta, con frecuencia peleaba y hacIa vagancias con otras niñas de su edad. En una ocasión acudió a unos ejercicios de encierro en el convento de este pueblo. Ella y su compañera de asiento empezaren a alterar la disciplina y en un descuido de la otra niña, Cruz le introdujo un popote en el oído. La niña comenzó a llorar y la celadora presentó a la agresora ante el padre Femando Cisneros, le contó lo sucedido y el padre determinó que Cruz fuese castigada, que seria encerrada en el cuarto del camarín entre las esculturas viejas y rotas de los santos y los objetos de todo tipo que ahí almacenaban. Terminó la clase y la celadora fue a traer a la niña que habían castigado y por más que la buscó en el cuarto no la encontró; muy alarmada fue por el padre Cisneros y le dijo que no aparecía la niña en el camarín. De inmediato fueron a buscarla nuevamente y no la encontraren. El padre pidió que lo ayudaran a buscarla en la huerta y allá la encontraron, dicen que estaba arañada y sobre las ramas de un árbol permanecía desmayada.
Al bajarla del árbol, Cruz contó que un catrín hombre muy bien vestido la habla sacado del cuarto; todos creyeron que habla sido el diablo, que se la había querido llevar por su mal comportamiento y que luego la dejó colgada en el árbol. El padre impidió que alguien más se acercara a ella y la llevó a su casa. Por el pueblo comenzó a circular la información de que a esa niña se la había querido llevar el diablo. Había quienes tenían miedo de acercársele, por lo que a veces ella se sentía importante al darse cuenta que era famosa por su increíble historia.
Cruz llegó a la etapa de la ancianidad y fue hasta tres años antes de su muerte, que se atrevió a contar la verdad. Se había escapado por la claraboya que estaba en el camarín y no hallaba cómo salir del convento para irse a su casa. Al ver que la buscaban, temió otro castigo por escapar del cuarto en que la habían encerrado y tuvo la idea de contar esa mentira, que la marcó durante su vida como la niña que se había llevado el diablo.

 La Carreta de la Muerte

El año de 1918 se desató una terrible epidemia de influenza, o gripa española, que diezmó considerablemente a esta población. Los cadáveres se contaban a veces hasta por familias completas en el interior de las casas, no había medicina ni médicos que atendieran a los enfermos. Los sacerdotes hacían las veces de enfermeros, pero era inútil, la peste no cedía, se incrementaba mes a mes el número de decesos.
Juan Partida era el Comisario del pueblo ya la vez, tenía a su cargo el Registro Civil. Diariamente salía de madrugada en su carreta, sin más protección ante la peste que su paliacate rojo cubriéndole la nariz y la boca. Llegaba a cada casa y al encontrar a un difunto lo envolvía en un petate, para depositar el cuerpo en la carreta y al completar el espacio, iba al cementerio en donde previamente había abierto una fosa comunal y allí descargaba el contenido de la carreta, los difuntos eran rociados con cal y luego cubiertos con la tierra, además de peligroso, no había tiempo para velar a tanto cadáver, ni para oficiar una misa por el eterno descanso de su alma. El gobierno había prohibido las reuniones públicas y el culto permanecía cerrado. Esta epidemia duró un año.
Se dice que pasado un tiempo de haber ocurrido la muerte de Juan Partida, por las calles de Francisco I. Madero, 16 de septiembre, Manuel Acuña y la calle de Colón que conduce al cementerio, por la madrugada se escucha el ruido de una carreta que se desplaza lentamente por la calle.
Por 1950, el ahora doctor Felipe Gutiérrez Calderón, vivía en su infancia por la calle de Colón y frecuentemente oía el ruido de la carreta que pasaba por enfrente de su casa. Su hermano José se ofreció a acompañarlo en su habitación para darle confianza y que pudiera dormir tranquilo. Por la madrugada, José se despertó al oír el ruido de una carreta por la calle, era tal y como le había contado su hermano Felipe, armándose de valor se animó a asomarse por la ventana y cual fue su sorpresa, que efectivamente vio a la carreta jalada por cuatro caballos, en ella iban cuerpos extendidos y amontonados unos sobre otros, un hombre guiaba a los caballos en la carreta y adelante por la calle iba también un grupo de frailes encapuchados, con una vela encendida entre las manos. De más está decir el terror que experimentó, ante esa visión fantasmal.

 La Llorona en Santa Anita

Es muy conocida la historia de los sucesos acaecidos en al Nueva España, en donde una mujer muy bella se hizo amante de un hombre noble, de familia acaudalada, tuvo varios hijos de él y pensaba que con el tiempo el hombre se casaría con ella, que sólo debía tener un poco más de paciencia para convencerlo. Un día se enteró por casualidad que él se había casado con otra mujer y que se daba una gran fiesta en la residencia de los padres de su amante. Fue hasta allí para desengañarse por sí misma de lo que le habían contado; efectivamente su amado bailaba con la que ya era su esposa, mirándola con ternura, de una forma como ya no la veía a ella.
La mujer, loca de dolor, regresó a su casa, tomó un cuchillo de la cocina y brutalmente asesinó a sus hijos, estaban dormidos y en el sueño apacible de su cama fueron acuchillados por su propia madre. Al verlos muertos, se dio cuenta del crimen terrible que había cometido y salió desesperada de su casa, jalándose los cabellos y desganando su vestido, con lastimeros gritos decía: “¡Ay, mis hijos!”. Nadie volvió a verla por la ciudad, jamás se supo qué había pasado con ella.
Sin embargo, al poco tiempo, se empezó a oír por las calles de la ciudad el grito desgarrador:
“¡Ay, mis hijos!”. La gente salía a ver quién se lamentaba tan lastimosamente, algunos veían a una mujer vestida de blanco, con los cabellos largos y extendidos de manera desarreglada por la cabeza, que flotaba por el aire y rápidamente desaparecía de su vista, más el grito desgarrador se repetía como eco en otra distancia. El temor hacía presa de quienes la veían, o la oían.
La leyenda dice que esa mujer vagará eternamente gritando su dolor por el mundo, sin encontrar paz en su alma, como castigo del terrible crimen que cometió al asesinar a sus hijos.
En Santa Anita, por la calle de Abasolo, por el año de 1946 la familia Gutiérrez Díaz oyó por la madrugada el grito de La llorona, cerca de la esquina con Morelos, y casi al instante lo escucharon nuevamente por el rumbo de “La Presita”. Dicen que la familia ya no pudo dormir por el espanto y que los hijos permanecieron hasta que amaneció el día, en la habitación de sus padres.

 Un Alma Caritativa

Ma. Aurora Alcántar Gutiérrez, cronista de este pueblo, recogió el testimonio oral de José Refugio Ponce, quien le narró un suceso que él vivió, ocurrido durante la Guerra Cristera, aquí en Santa Anita. Como cristero que era, se reunió con su pequeño grupo de correligionarios y avanzaron por la calle de Abasolo para salir del pueblo, por la calle de Aquiles Serdán. De pronto, les salió al paso una mujer y los detuvo para ofrecerles que pasaran a su casa a comer, porque el camino que les esperaba era largo, les pidió que ocultaran sus caballos en el corral de su casa en tanto comían, para evitar que alguien pudiera sospechar que los cristeros estaban en el interior de su hogar.
Aún no terminaban de comer cuando escucharon una caballada que galopaba por esa misma calle, en sentido contrario del que ellos iban. Se oyeron algunos disparos y ellos se quedaron en silencio mirándose unos a otros, sin atreverse a salir para ver qué pasaba en la calle. Sólo escucharon una voz que gritó desde afuera de la puerta de entrada: “¡Vámonos, todos están muertos!”. Cuando se decidieron a salir, esperaban ver en la calle a los muertos que habían anunciado en la puerta, para su sorpresa la calle estaba desierta y sin muertos.
Se regresaron al interior de la casa para agradecer a la mujer que los había detenido e invitado a comer; y muy sorprendidos, se dieron cuenta de que no había nadie, sólo los caballos estaban en calma en el corral. La mujer, o el alma de la mujer, les había salvado la vida.

 La Virgen en el Atrio

La cronista de este pueblo, ya ha escrito que la tradición oral refiere como un hecho verídico, que la imagen de la Virgen de Nuestra Señora de Santa Anita, ha desaparecido en varias épocas de su altar y que misteriosamente regresa nuevamente a su nicho. Cuenta que fray Carmen Balvaneda la veía ausentarse del templo y que ella regresaba caminando para subir hasta su altar.
A la Virgen de Santa Anita se le conoce por tradición como la “Patrona de les enfermos”, pero también como ‘Pacificadora de las tormentas”. Por el año de 1937, aproximadamente, Zeferina Díaz le platicó a su hija josefina, que al acudir a la tienda de Rosita y Chelo Díaz, estaban platicando sobre la tormenta que había caído sobre la población en la noche anterior, que los rayos se sucedían con estrépito llenando de miedo a los pobladores y el caudal del agua subía paulatinamente su nivel por las calles, inundando las casas. Por la ventana del hogar de las señoritas Díaz, se asomaron y vieron que en el atrio estaba una niña pequeña, sola, azotada por la lluvia, el miedo ante la tormenta y la inundación, les impidió salir a averiguar de quién se trataba.
Al día siguiente el señor cura fue enterado de lo sucedido y con una sonrisa dijo que él había subido al coro para ver a través de una ventana superior, si había peligro de que la inundación de las calles penetrara al templo, y al voltear para ver el nicho, la imagen de la Virgen no estaba en su lugar Cuando iba a dar la vez de alarma a los frailes del convento con gran sorpresa se dio cuenta de que una niña, frente a él, caminaba por el pasillo rumbo al altar quedó estupefacto y antes de saber qué estaba pasando, súbitamente la imagen de la Virgen volvía a estar en su nicho. Bajó rápidamente del coro y se acercó hasta quedar frente a la imagen y se dio cuenta de que el vestido estaba mojado y lleno de lodo.
Repentinamente había dejado de llover y el agua no había inundado el templo.

Leyendas tomadas del Blog de la Mtra. Ma. Aurora Alcántar Gutiérrez

http://santaanitampiodetlaquepaquejalisco.blogspot.mx